Wednesday, October 11, 2006

La dieta del jefe.

3 de la madrugada, protegido de las hordas de amazonas que me acosan lúbrica y continuamente, hallábame en mi cubículo (Aka recepción) , viendo en el ordenador como Robert Mitchum, de nuevo interpretando a un predicador, se batía en duelo con Dean Martin por ver quién era el más cool del léjano oeste. De repente, un ruido estremecedor atravesó el hall con tanta intensidad que lo debieron escuchar hasta en la cuarta planta del edificio.

¿La cosa del pantano? ¿El niño rebozado en harina de arroz de "La maldición"? ¿Habrá sustituido mi jefa a su yorkshire por un tigre de Bengala durante el mes que he estado de baja?
No.

Era mi estómago, que se quejaba porque lo más sólido que había ingerido en las últimas dieciseis horas eran mis uñas.

-Je, pues vas listo, te quedan siete horitas más, majo.

Cuatro horas y varios litros de agua después, llega un grupo de clientes compuesto por unas veinte personas. Por supuesto, pagan todos deprisa y corriendo, a escote, para más inri, como si en lugar de dormir en nueve habitaciones diferentes, se hubieran tomado unas tapitas y unos minis.

Y claro, calderilla (monedas de centimo incluidas) a tutiplén, sumas y resumas porque no salen las cuentas, decenas de "¿Quién falta por pagar?" y algún que otro "Por favor, se lo vuelvo a preguntar, me faltan dos llaves, ¿Quién las tiene?".

Un jaleo encantador, totalmente relajante, se estaba tan a gusto que mi estomago no pudo evitar unirse al jolgorio. Pero, pobre, nadie le comprende, y nada más soltar su exhabrupto, se hizo el silencio. Y yo quise hacerme invisible, pero mi rostro fucsia y el silbido mortadeliano, tema principal de "¿Quién habré sido", me impidió ser uno más.

En fin, no me sacrificaron a sus dioses mayas, y la cosa no pasó de unas risillas maliciosas para ellos y aun más para mí, así que no sufraís.

Varias horas despuás, tras concederseme la condicional, llegué a mi casa, con más hambre que el Coyote y el Demonio de Tasmania juntos.

Me teletransporté del salón a la cocina sin saludar a mi madre; cuando hay hambre, no hay conocidos. Abrí la puerta del frigorífico con más entusiasmo que Roman Polanski quitandole las bragas a una virgen. Al ver la comida creí oír a mi estómago cantar, con voz de castrati, el Aleluya de Hendel, pero, oh, que poco dura la felicididad en casa del hambriento. Del salón vino otro timbre, y no procedía de la garganta de un eunuco, sino del puñetero teléfono.

"¡¡ Si preguntan por mí , aunque sea una mujer, no estoy!! ¡¡¡Repito, no estoy!!!! ", bramé con mi masculina voz.

"Vaya tontería acabo de soltar, si es una mujer preguntando por mí, mi madre se desmaya antes de poder decir "ésta boca es mía" " pensé.

"¡¡¡ Es tu jefe, qué te pongas!!!", exclamó pizpireta mi amada madre.

Arrastré los pies al salón y tomé el telefono maldiciendo mi existencia y a aquella que la hizo posible.

-Diga.

- ¡¡¡¡ Ní, Ní, Ní, Ní, Ní, Ní, Ní !!!!

- Se lo consulté a tu madre -Mi otra jefa, la VERDADERA dueña del negocio- antes.

-¡¡¡¡ Ní, Ní, Ní, Ní, Ní, Ní !!!!!

- Pues no sé, pero tu madre me dijo que sí.

- ¡¡¡¡ Ní, Ní, Ní, Ní, Ní, Ní, Ní !!!!

-Ajá

- ¡¡¡¡¡ Ni, Ni, Ni, Ni, Ni, Ni, Ni!!!!!

-Ajá, ok, y dos huevos duros, tomo nota.

Clic

Y una vez colgué, como si de un trico de David Copperfield se tratatara, el hambre había desaparecido.

Ni gimnasio, ni spa, ni dieta de la alcachofa. Donde esté la dieta del jefe.... Me voy a quedar con un tipito....

1 Comments:

Blogger neblina said...

Jefes....

el mío me provoca bulimia... que burra, no? NO.

7:49 AM  

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